Éste es el título de mi novela favorita. Fue escrita en 1948 por George Orwell, un escritor inglés que reflejó en ella una sociedad, Oceanía, controlada por telepantallas y en la que no hay lugar para la libertad y para el libre pensamiento.
En ella, hay cuatro tipos de ministerios que resultan ser ligeramente paradójicos:
-El Ministerio de la Paz o Minipax. Controla las guerras e intenta que éstas se prolonguen el mayor tiempo posible.
-El Ministerio de la Verdad o Mininver, donde trabaja Winston Smith, el protagonista de la historia. Se encarga de manipular toda la información que sale en los medios de comunicación para convencer al pueblo de todo lo que le convenga al Estado en cada momento.
-El Ministerio del Amor o Minimor. Se ocupa de los castigos impuestos a aquéllos que no sigan los ideales del Partido.
-El Ministerio de la Abundancia o Minindancia. Aquí se responsabilizan de la economía. Lo que se pretende conseguir es ir reduciendo la calidad de vida de las personas muy poco a poco, de tal forma que éstas apenas se den cuenta de ello.
¿Cómo está organizada esta sociedad? Pues como siempre: de manera piramidal. En la base se encuentran los proles, que tienen libertad absoluta de pensamiento por no poseer intelecto alguno. No son una amenaza para el Estado. Viven en la más absoluta pobreza y no pueden acceder a la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. Más arriba, tenemos a los integrantes del Partido, al cual le dedican, prácticamente, su vida. Deben ser fieles al Sistema en todo momento. Y quien se rebela contra él, es eliminado de la sociedad para siempre; así, todo el mundo se olvida del hereje en cuestión, hasta el punto de que no recuerdan ni siquiera que ha existido. Más simple imposible. Por último, en la cúspide, encontramos al Gran Hermano, jefe del Partido, al que todos deben venerar y reverenciar infinitamente. Realmente, se trata de un símbolo con el que se mantiene unida a toda la nación, porque de todos es sabido que el fanatismo favorece las relaciones entre los adoradores de una misma doctrina. Eso y un enemigo común.
¿Y quién es ese enemigo común? ¿Contra quién lucha Oceanía? Contra las otras dos potencias mundiales: Eurasia y Asia Oriental. Unas veces con una, otras veces con otra, según le convenga al Estado. De hecho, eso es lo que menos importa. Lo que de verdad le interesa al Partido es mantener al pueblo unido y fomentar su odio hacia algo externo a él, simplemente para evitar posibles discrepancias y levantamientos.
Uno de los puntos más importantes de esta novela es, como he dicho antes, la manipulación de la Historia. El Partido tiene poder para reescribir todos aquellos documentos que le interesen. Si en un momento dado Oceanía se encuentra en guerra con Asia Oriental, se hace creer a todo el mundo que siempre ha sido así, desde el principio de los tiempos. Y si la situación cambia y pasan a ser aliados de ésta y enemigos de Eurasia, pues más de lo mismo. También se manipula la información para engañar al pueblo para que piense que antes vivía en peores condiciones de vida, y que el Estado no ha hecho más que ayudarle en esta situación. Esto luego se traduce en un pleno amor y agradecimiento hacia el Gran Hermano por parte de todos los integrantes del Partido. Y, además, se sienten en deuda con él.
El eslogan de esta estructura política es el siguiente:
La Guerra es la Paz
La Libertad es la Esclavitud
La Ignorancia es la Fuerza
Parece un poco contradictorio, pero todo tiene su razón de ser:
Dice que la guerra es la paz porque el Estado se ha encontrado en guerra siempre, desde tiempos inmemoriables. Si de repente esto cambiara, la sociedad quedaría sumida en el caos. Se perdería el enemigo común, y, por tanto, uno de los pilares que hace que se mantenga unido el Partido. La guerra continua es, en cierto modo, una manera de hallar la paz.
Pero lo más curioso de todo esto es que estas guerras son premeditadas y están acordadas por las grandes potencias mundiales para mantener el equilibrio en el Planeta. ¿Por qué? La razón es sencilla. Parten de la base de que las masas están idiotizadas por la pobreza. Pero hemos llegado a una sociedad en la que las horas de trabajo son tantas que la producción es cada vez mayor, por lo que muchos podrían mejorar, en estas condiciones, su calidad de vida. Y esto conlleva un gran riesgo: podrían aprender a pensar por cuenta propia, lo cual no conviene, de ningún modo, al Partido. Así que la finalidad de las guerras es destruir la superproducción, de manera que todos vivan con lo mínimo para poder subsistir.
La libertad es la esclavitud porque nos encontramos en un sistema en el que absolutamente todo se hace de manera colectiva, y quien opte por tener un ideal propio será detenido por la Policía del Pensamiento y, posteriormente, totalmente eliminado del régimen, no sin haber sido antes cruelmente torturado. Por eso, tienen una libertad muy limitada. Para vivir en paz, deben idolatrar al Gran Hermano y hacer lo que se espera de ellos, así que, realmente, es una manera de esclavitud. Quien realmente quiere ser libre, es consciente de que, tarde o temprano, morirá.
Y la ignorancia es la fuerza porque los integrantes de esta comunidad viven en un desconocimiento absoluto de lo que realmente ocurre. Por un lado, la modificación de la Historia; por otro, el oscurantismo con respecto a otras formas de vida: no conocen más que la suya. ¿Por qué querrían otra cosa, si no pueden saber a lo que de verdad aspiran? Sería tan ridículo como pretender que Gutenberg, en su época, exigiera un ordenador para poder escribir.
En cuanto al idioma, se sigue hablando en inglés, aunque se va desarrollando un dialecto totalmente nuevo y que, poco a poco, se irá imponiendo con una fuerza creciente: la Neolengua. Ésta pretende ir eliminando paulatinamente el número de términos lingüísticos con los que referirnos a los objetos hasta llegar al mínimo posible. Por ejemplo, se suprime la palabra "malo" y se sustituye por "nobueno", o la palabra "fantástico" se reemplaza por "plusbueno". ¿El propósito de esto? El de siempre. Si se elimina el lenguaje, tendremos menos capacidad de emitir juicios y valores sobre lo que nos rodea, ya que no sabremos cómo expresarlo, ni exteriormente (a los demás) ni interiormente (a uno mismo). Llegaremos, de esta manera, a olvidar cómo se piensa.
Y, por descontado, la educación es una de las bases de este complot. Los niños son encauzados desde muy pequeños hacia el amor absoluto al Gran Hermano. Además, se los amaestra para informar a la Policía del Pensamiento de cualquier caso que vean de conspiración contra el Partido (crimen mental, en Neolengua llamado "crimental"), aunque sea dudoso. De hecho, hay muchos jóvenes que llegan a acusar a sus propios padres sin ningún tipo de remordiento, e incluso éstos, aun siendo denunciados por sus propios descendientes, sangre de su sangre, se sienten muy orgullosos de ellos, pues lo más importante para todos es servir al Estado. La familia, la amistad y el amor no existen.
Este libro me ha impresionado mucho por la gran fuerza crítica que tiene y por la exageración que hay en algunos aspectos de esta sociedad analizada. Realmente, podríamos decir que hay muchas cosas que coinciden con la nuestra, salvando las distancias. La manipulación de los medios de comunicación, el ansia de poder de los que gobiernan, el fanatismo en el que caemos a veces, etc. Pero, por suerte, también nos alejamos de ella en otras cosas. Nosotros elegimos a nuestros representantes y vivimos cada vez mejor, aunque por esto quizá podemos caer en el peligro de vivir en un tipo de sociedad conformista a la que sólo le importe el bienestar. Pero ya hablaré de eso otro día, cuando comente el libro "Un mundo feliz", de A. Huxley.
Y ya, para terminar (sé que no es fácil haber llegado hasta aquí, porque menudos rollos suelto), siento si hay algún error en lo que he dicho, ya que leí 1984 hace unos meses y no tengo el libro a mano este momento.
domingo, 22 de marzo de 2009
sábado, 14 de marzo de 2009
¿Autocrítica?
A menudo he criticado muchas cosas. He criticado el pasotismo general, la hipocresía, el afán por aparentar, la envidia, el egoísmo. He criticado a la sociedad en general, y lo más curioso es que me gustaba hacerlo. Y, cuando lo hacía, me sentía bien conmigo misma por no pertenecer al grupo juzgado en cada caso.
Y ahora me pregunto: todo eso, ¿para qué? ¿Por qué sentimos la necesidad muchas veces de establecer una opinión sobre las acciones ajenas, si muchas veces éstas no nos afectan en absoluto? ¿Por qué nos producen tanta repugnancia algunas formas de vida? ¿No podemos pensar que son una manera distinta de ver las cosas?
Muchas veces fardamos de tolerancia. Decimos que somos muy respetuosos, muy progres, muy transigentes, muy de todo. Pero en realidad es mentira. Nos metemos con las quinceañeras que se visten todas igual para salir un viernes de fiesta, nos metemos con la falsedad de alguna gente, con la chulería de otros. Podemos no estar de acuerdo con lo que hacen, ¿pero es que acaso somos nosotros perfectos? ¿Por qué no intentamos ver el lado más humano de las cosas?
A lo mejor, la mayor prioridad de las chicas que se llaman por teléfono cada fin de semana para ponerse de acuerdo en la ropa que se van a poner es sentirse parte de un colectivo. Sentir que pertenecen a un grupo, que son acogidas, que son respetadas por las demás. Repito que, personalmente, a mí eso no me llenaría, pero si a ellas sí... ¿qué problema hay?
A lo mejor, algunas personas no siempre dicen lo que piensan y fingen en determinadas ocasiones por lo mismo. Quieren sentirse bien con la gente en momentos puntuales, y por eso se dedican a poner verdes a los que saben que no son precisamente apreciados por su interlocutor. Realmente, puede decirse que es una manera de vivir pensando a corto plazo.
Y, a lo mejor, ésos que siempre están fardando de lo que han hecho -y, sobre todo, de lo que no han hecho- quieren producir una honda impresión en los demás debido, muy posiblemente, a un complejo de inferioridad. Necesitan demostrar a los demás lo que, en el fondo, no pueden demostrarse a sí mismos.
Y, digo yo, en vez de ayudarnos mutuamente con nuestros problemas, ¿por qué nos empeñamos en despreciar a los que tienen los defectos que nosotros creemos no tener? Y sí, digo "creemos". Porque aquí nadie se libra de nada. El ser humano es muy complejo, y alguna vez todos acabaremos cometiendo aquellos errores que tanto juzgamos mirando por encima del hombro. ¿Qué pasa? ¿Somos masocas los seres humanos? Cada día estoy más segura de saber la respuesta, y, sinceramente, no me gusta nada.
No, no estoy diciendo que el hombre sea bueno por naturaleza. No estoy justificando todos esos sentimientos que tanto asco me han dado siempre. Sigue sin gustarme la gente envidiosa, la gente hipócrita, la gente chula, la gente egoísta. Tan solo estoy tratando de comprenderlo, nada más. Porque nadie piensa de sí mismo que sea mala persona. Todo tiene alguna razón oculta, ¿no? Y en la mayor parte de los casos, no la podremos comprender; es más, muchas veces no nos comprenderemos a nosotros mismos, pero creo que, aun así, no deberíamos ser tan duros.
Tampoco digo que vayamos a ciegas por la vida confiando en todo el que pase por delante de nosotros. Desgraciadamente, el mundo no funciona así, y hoy por hoy es muy difícil cambiar eso. Pero, pese a todo, creo (quiero hacerlo) que todas las personas tienen algo bueno, algo diferente, algo de lo que podemos aprender. Unas veces nos costará más que otras, pero, si empezamos por no despreciar, creo que lo conseguiremos mucho antes.
Y ahora me pregunto: todo eso, ¿para qué? ¿Por qué sentimos la necesidad muchas veces de establecer una opinión sobre las acciones ajenas, si muchas veces éstas no nos afectan en absoluto? ¿Por qué nos producen tanta repugnancia algunas formas de vida? ¿No podemos pensar que son una manera distinta de ver las cosas?
Muchas veces fardamos de tolerancia. Decimos que somos muy respetuosos, muy progres, muy transigentes, muy de todo. Pero en realidad es mentira. Nos metemos con las quinceañeras que se visten todas igual para salir un viernes de fiesta, nos metemos con la falsedad de alguna gente, con la chulería de otros. Podemos no estar de acuerdo con lo que hacen, ¿pero es que acaso somos nosotros perfectos? ¿Por qué no intentamos ver el lado más humano de las cosas?
A lo mejor, la mayor prioridad de las chicas que se llaman por teléfono cada fin de semana para ponerse de acuerdo en la ropa que se van a poner es sentirse parte de un colectivo. Sentir que pertenecen a un grupo, que son acogidas, que son respetadas por las demás. Repito que, personalmente, a mí eso no me llenaría, pero si a ellas sí... ¿qué problema hay?
A lo mejor, algunas personas no siempre dicen lo que piensan y fingen en determinadas ocasiones por lo mismo. Quieren sentirse bien con la gente en momentos puntuales, y por eso se dedican a poner verdes a los que saben que no son precisamente apreciados por su interlocutor. Realmente, puede decirse que es una manera de vivir pensando a corto plazo.
Y, a lo mejor, ésos que siempre están fardando de lo que han hecho -y, sobre todo, de lo que no han hecho- quieren producir una honda impresión en los demás debido, muy posiblemente, a un complejo de inferioridad. Necesitan demostrar a los demás lo que, en el fondo, no pueden demostrarse a sí mismos.
Y, digo yo, en vez de ayudarnos mutuamente con nuestros problemas, ¿por qué nos empeñamos en despreciar a los que tienen los defectos que nosotros creemos no tener? Y sí, digo "creemos". Porque aquí nadie se libra de nada. El ser humano es muy complejo, y alguna vez todos acabaremos cometiendo aquellos errores que tanto juzgamos mirando por encima del hombro. ¿Qué pasa? ¿Somos masocas los seres humanos? Cada día estoy más segura de saber la respuesta, y, sinceramente, no me gusta nada.
No, no estoy diciendo que el hombre sea bueno por naturaleza. No estoy justificando todos esos sentimientos que tanto asco me han dado siempre. Sigue sin gustarme la gente envidiosa, la gente hipócrita, la gente chula, la gente egoísta. Tan solo estoy tratando de comprenderlo, nada más. Porque nadie piensa de sí mismo que sea mala persona. Todo tiene alguna razón oculta, ¿no? Y en la mayor parte de los casos, no la podremos comprender; es más, muchas veces no nos comprenderemos a nosotros mismos, pero creo que, aun así, no deberíamos ser tan duros.
Tampoco digo que vayamos a ciegas por la vida confiando en todo el que pase por delante de nosotros. Desgraciadamente, el mundo no funciona así, y hoy por hoy es muy difícil cambiar eso. Pero, pese a todo, creo (quiero hacerlo) que todas las personas tienen algo bueno, algo diferente, algo de lo que podemos aprender. Unas veces nos costará más que otras, pero, si empezamos por no despreciar, creo que lo conseguiremos mucho antes.
lunes, 9 de marzo de 2009
Madama Butterfly
Estreno el blog hablando de una ópera que me encanta: Madame Butterfly.
En 1900, tras acabar Tosca, Giacomo Puccini sintió la necesidad de buscar otro argumento al que poner música, lo cual no fue tarea fácil. Como él mismo reconocía, "si no me conmueve, si el libreto no me llega al corazón, si no me hace reir y no me hace llorar, si no me exalta y me sacude, no hay nada que hacer. No es cosa para mí. Resultaría una falsedad, una desarmonía"
Puccini estuvo tentado de hacer una ópera basada en la Revolución Francesa; no obstante, rechazó la idea, dado que en aquella época era un tema que ya estaba siendo tomado por muchos otros autores, y él no quería dejarse llevar por una moda. También se planteó coger como modelo Los Miserables, de Victor Hugo, pero esta historia tampoco despertaba en él los sentimientos necesarios para que pudiera componer una ópera dramática.
Así que el artista se dirigió a Londres para preparar el estreno de Tosca. Allí pudo presenciar la representación de una pieza de David Belasco, titulada Madame Butterfly, basada en una novela de John Luther Long. ¿El lugar de la acción? El exótico Japón. Aquí cabe señalar que, aunque Puccini no dominaba la lengua inglesa y no pudo seguir el drama en su totalidad, quedó muy impresionado y emocionado por lo que vio, así que decidió que ése sería el argumento para su nueva ópera.
Si el primer estreno fue un auténtico fracaso, el segundo lo fue aún más, y mucha gente no se cortó en silbar y gritar durante la función, lo cual impedía que la obra fuera audible. Ante esto, Puccini afirmó: "El fracaso me afectó profundamente, porque lo recibía sin haberlo presentido. Pero afronté la tormenta con un áspero sentimiento de rebelión. Quería demasiado a esa criatura mía para poder creer en la serenidad de un juicio que tan mezquinamente la ofendía". Y añadió: "La ópera me conmovía siempre cuando la releía al piano. Además, en la Scala veía a quienes trabajaban en ella, desde los artistas hasta los más modestos trabajadores del escenario y de la maquinaria, participar con todo el corazón en las vicisitudes de Butterfly. Veía que también ellos querían a mi japonesita como la quería yo...". Así que se puso manos a la obra y suspendió las representaciones que se iban a dar a continuación en Roma hasta que no modificó la ópera y suprimió varias partes, aparte de conferir un mayor grado de sutileza al retrato de algunos personajes.
Poco después, la nueva versión de Madame Butterfly se representaba en el teatro de Brescia con un triunfo apoteósico, e incluso varios números fueron bisados debido a la insistencia del público. Y esto sólo ocurrió tres meses más tarde... Increíble, ¿verdad?
La trama no os la cuento... Mejor verla por vosotros mismos algún día. En serio, es una ópera muy recomendable, al menos desde mi punto de vista.
En 1900, tras acabar Tosca, Giacomo Puccini sintió la necesidad de buscar otro argumento al que poner música, lo cual no fue tarea fácil. Como él mismo reconocía, "si no me conmueve, si el libreto no me llega al corazón, si no me hace reir y no me hace llorar, si no me exalta y me sacude, no hay nada que hacer. No es cosa para mí. Resultaría una falsedad, una desarmonía"
Puccini estuvo tentado de hacer una ópera basada en la Revolución Francesa; no obstante, rechazó la idea, dado que en aquella época era un tema que ya estaba siendo tomado por muchos otros autores, y él no quería dejarse llevar por una moda. También se planteó coger como modelo Los Miserables, de Victor Hugo, pero esta historia tampoco despertaba en él los sentimientos necesarios para que pudiera componer una ópera dramática.
Así que el artista se dirigió a Londres para preparar el estreno de Tosca. Allí pudo presenciar la representación de una pieza de David Belasco, titulada Madame Butterfly, basada en una novela de John Luther Long. ¿El lugar de la acción? El exótico Japón. Aquí cabe señalar que, aunque Puccini no dominaba la lengua inglesa y no pudo seguir el drama en su totalidad, quedó muy impresionado y emocionado por lo que vio, así que decidió que ése sería el argumento para su nueva ópera.
Si el primer estreno fue un auténtico fracaso, el segundo lo fue aún más, y mucha gente no se cortó en silbar y gritar durante la función, lo cual impedía que la obra fuera audible. Ante esto, Puccini afirmó: "El fracaso me afectó profundamente, porque lo recibía sin haberlo presentido. Pero afronté la tormenta con un áspero sentimiento de rebelión. Quería demasiado a esa criatura mía para poder creer en la serenidad de un juicio que tan mezquinamente la ofendía". Y añadió: "La ópera me conmovía siempre cuando la releía al piano. Además, en la Scala veía a quienes trabajaban en ella, desde los artistas hasta los más modestos trabajadores del escenario y de la maquinaria, participar con todo el corazón en las vicisitudes de Butterfly. Veía que también ellos querían a mi japonesita como la quería yo...". Así que se puso manos a la obra y suspendió las representaciones que se iban a dar a continuación en Roma hasta que no modificó la ópera y suprimió varias partes, aparte de conferir un mayor grado de sutileza al retrato de algunos personajes.
Poco después, la nueva versión de Madame Butterfly se representaba en el teatro de Brescia con un triunfo apoteósico, e incluso varios números fueron bisados debido a la insistencia del público. Y esto sólo ocurrió tres meses más tarde... Increíble, ¿verdad?
La trama no os la cuento... Mejor verla por vosotros mismos algún día. En serio, es una ópera muy recomendable, al menos desde mi punto de vista.
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