jueves, 16 de abril de 2009

Otro tipo de viajes

Viajar en el tiempo es, sin duda alguna, uno de los sueños más antiguos de la Humanidad. Es un tema que ha despertado nuestro interés desde hace siglos. Pero, ¿existe la posibilidad de que algún día lo hagamos realidad? ¿Podremos desplazarnos a nuestro antojo hacia el futuro y hacia el pasado? Lo cierto es que aún no hay nada claro, así que parece que, por el momento, tendremos que contentarnos con hacer conjeturas.

Para empezar, un viaje así traería consigo algún tipo de problemas. Es el caso, por ejemplo, de la famosa paradoja del abuelo, que es de tipo causal. Supongamos que viajas a la época de tus abuelos y matas a tu abuelo materno (o paterno) antes de que éste conozca a tu abuela. En ese mismo momento, la posibilidad de que tu madre (o padre) pueda llegar a existir alguna vez, se anula por completo. Y si tu madre (o padre) no ha nacido nunca, tú deberías desaparecer en ese mismo instante. Hasta ahí bien. Ahora, si tú nunca has existido, no ha podido haber nadie que haya impedido que tus abuelos se hayan conocido. Entonces, ellos han concebido a tu madre, y ésta, junto a tu padre, a ti mismo. Y otra vez estamos en la misma situación del principio.

Hay una especulación que justifica este tipo de paradojas. Se trata de la existencia de universos paralelos. Me explico: cuando viajas al pasado, lo que haces realmente es crear un universo paralelo con otro tipo de causas distintas a las que has vivido hasta el momento, y, por lo tanto, se crean otro tipo de consecuencias. Con tan sólo cambiar un simple detalle, someteríamos a ese "nuevo mundo" a una transformación bestial. Aunque sólo modificáramos una causa, ésta traería consigo una consecuencia totalmente distinta a la inicial, y ésta sería, a su vez, causa de otro efecto diferente, y así indefinidamente, como ocurre en Efecto mariposa. Además, ¡por algo Marty McFly y el Doctor Emmett Brown, de la película Regreso al futuro, querían evitar a toda costa que algo así llegase a ocurrir!

Según las teorías relativistas, sólo podemos viajar hacia donde nos permite la flecha del tiempo, es decir, hacia el futuro. Si llegáramos a alcanzar una velocidad del orden del de la luz, lograríamos ralentizar nuestro tiempo propio. Un ejemplo de ello es la paradoja de los gemelos. Imaginemos dos gemelos que viven en la Tierra. Su tiempo de vida es, lógicamente, el mismo en ambos casos, ya que los dos nacieron al mismo tiempo. Si uno de ellos decidiera montar en una nave espacial y realizar un viaje en el Espacio tomando velocidades relativistas, tardaría mucho más en envejecer que el hermano que aún está en la Tierra. Pero, si son gemelos, ¿cómo es posible que uno sea más joven que el otro? ¡¿Qué clase de gemelos son?! Esto es algo que siempre ha dado mucho juego para crear historias. Por ejemplo, Brian May (o, mejor dicho, Brain May), el guitarrista de Queen, compuso una canción, 39, basada en este fenómeno.

Según Stephen Hawking, existe una ley física aún no descubierta que no nos permite viajar al pasado. Recibe el nombre de "protección cronológica", y afirma que la energía necesaria para realizar un viaje de este tipo es directamente proporcional a la distancia temporal elevada a una potencia grande. Vamos, que, según esta ley exponencial, habrá que irse olvidando de ir a visitar a Julio César y a Cleopatra.

También podríamos decir que el viaje en el tiempo sólo sería posible si, hoy en día, pudiéramos distinguir gente procedente de épocas posteriores, da igual lo lejanas que resulten ser éstas. Nos demostraría que, en un futuro, el ser humano será capaz de hallar una forma de cumplir este sueño tan antiguo. Y como aún no se sabe de la existencia de ningún viajero así, se puede suponer que nunca lo lograremos, o, al menos, que nunca conseguiremos hallar la manera de viajar al pasado, aunque puede que sí podamos viajar al futuro. No obstante, esta suposición conlleva a admitir la no existencia de universos paralelos. Además, ¿quién sabe? Puede que sí sean visitadas épocas más futuras desde un futuro aún más lejano, y que la nuestra nunca llegue a ser pisada por estos turistas tan peculiares. Sé que es muy poco probable, pero prefiero tener un poco de optimismo con respecto a este tema. O también es posible que sí se pueda crear una máquina capaz de viajar al pasado, pero que sólo nos permita llegar hasta el momento de haber creado dicha máquina. Es decir, si la máquina del tiempo se inventa en el año 2568, los humanos que vivan en el año 3017 podrán viajar al año 3000, al 2700 o al 2570, por ejemplo. Pero no al 2567.

Una anécdota interesante es la de John Lucas, un estudiante de matemáticas de los años 80 que tuvo la idea de crear una cuenta bancaria destinada a que la gente hiciera los donativos necesarios para que, algún día, alguien pudiera construir una máquina del tiempo en un futuro indeterminado. La condición que ponía consistía en que, cuando lo consiguiese, el inventor se la enviase de vuelta al propio Lucas al mismo instante en que éste abriera la cuenta. ¿Qué ocurrió? Pues que en cuanto la creó y vio que no recibía nada, se echó para atrás, pues dedujo que nunca iba a poder ocurrir algo así. ¿Quién sabe? Lo mismo, el futuro creador de la máquina del tiempo no quiso acceder a la petición de este chico, y, aunque consiguió -o, mejor dicho, conseguirá- crear el artilugio, no se lo hizo -o hará- saber en ningún momento. Es difícil de creer, pero tampoco podemos demostrar que es imposible.

También hay quien cree en el presentismo, que se basa en la no existencia del futuro y del pasado, sino solamente del presente. Así, sería totalmente absurdo pensar en este tipo de viajes.

Aunque, sinceramente, de todo lo que he dicho, no estoy segura de absolutamente nada. ¡Cómo me gustaría poder comprender todo más a fondo, y no de la manera en que lo hago! De todas formas, de momento me conformaré con leer libros y ver películas que me hagan imaginar, aunque sea por un instante, que realmente tenemos la capacidad de crear algo que nos permita viajar en el tiempo, pues me encantaría que existiese esa posibilidad.

lunes, 6 de abril de 2009

¿Qué es más importante?

Hoy en día, se suele primar lo útil, es decir, lo que tiene una finalidad en concreto. Por eso, están tan bien reconocidos los médicos, los ingenieros o los arquitectos, pues exigimos gente que pueda diagnosticar nuestras enfermedades y curarlas, que construyan puentes y aviones y que diseñen los planos de los futuros edificios. Y es normal, ya que la sociedad en la que vivimos lo exige. Hemos llegado a un nivel de confort y bienestar en el que hemos convertido todo esto en algo necesario. Conocemos cosas de las que, seguramente, sería difícil deshacernos, por mucho que nos empeñemos en afirmar lo contrario. Imaginémonos por un momento cómo sería nuestra vida sin coches para podernos desplazar. En una ciudad pequeña, esto no sería ningún drama, pero, ¿qué pasaría si viviéramos en Madrid, Roma o Nueva York? Tardaríamos una eternidad en ir a trabajar todos los días. Y eso es sólo un ejemplo. Si miramos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que ya muchísimas cosas dependen de la tecnología, y que cada vez hay más pijadas en nuestra vida diaria.

Lo cierto es que todas estas innovaciones no son estrictamente necesarias, pues se ha podido vivir perfectamente durante miles de años sin ellas. Pero, sinceramente, no me voy a poner ahora a criticarlas, ya que estaría siendo un poco hipócrita. Me gusta tener un ordenador, un móvil y un MP3, para qué vamos a negarlo. Seguramente, si no hubiera sabido de su existencia, no los habría echado de menos, porque es totalmente imposible añorar algo que no se conoce. Y si ahora me los quitaran, estaría algo incómoda durante algún tiempo, pero lo más probable es que me acabara acostumbrando a ello, pues hay cosas mucho más importantes que esas nimiedades, que, por muy sofisticadas que sean, no dejan de ser eso.

Ahora bien, ¿qué ocurre con todas esas profesiones que no tienen una finalidad tan pragmática? ¿Por qué los músicos, los pintores o los cineastas, por ejemplo, no tienen un reconocimiento tan patente como el de los profesionales citados anteriormente? Es cierto que queremos barcos y casas, pero, ¿no necesitamos, además, otro tipo de cosas?

Dicen que estudiar una ingeniería es muy difícil. No lo niego; seguramente, sea así. No puedo saberlo, ya que nunca he hecho ninguna. Pero, por lo poco que sé de música -y aquí no va ninguna ironía-, he comprendido que es una actividad que requiere un perfeccionismo y un cuidado especiales, aunque luego eso, en general, no se tenga muy en cuenta. Hay que estar atento tanto al conjunto como a cada pequeño detalle, lo cual no es, precisamente, tarea fácil. Pero no, claro, el músico sólo sirve para entretener al público. Es, por tanto, mucho menos importante.

Creo que el problema radica en que no nos han sabido acostumbrar a escuchar, que no es lo mismo que oír. Y como ocurre con casi todo, la música tiene un aprendizaje. Seguramente, hace seis años me hubiera sorprendido al saber cuánto me iba a gustar después la ópera. Posiblemente, hasta me hubiera reído de mí misma. Y ahora, es una de las cosas que más me llenan. Lo que son las cosas, ¿no? O, por ejemplo, hoy por hoy no sé escuchar música contemporánea, pues aún no he aprendido. No obstante, no descarto el hecho de que, dentro de unos años, disfrute al hacerlo. Tiempo al tiempo.

Y, pese a todo, puedo afirmar que podría vivir sin todas esas innovaciones tecnológicas que he nombrado anteriormente: móviles de la última generación, GPS, cámaras de fotos, etc. No me gustaría en un principio, de acuerdo, pero me acabaría adaptando a la situación. Pero afirmo, y pongo la mano en el fuego, que me sería totalmente imposible imaginar cómo vivir sin poder tocar o escuchar música. Así que me gustaría expresar mi más sincera admiración por los músicos y otros profesionales de este tipo, como pintores o escritores, pues ellos son, al menos, tan importantes y necesarios como los economistas, ingenieros, periodistas, médicos o veterinarios.

viernes, 3 de abril de 2009

Ensayo sobre la ceguera

Un atasco. El semáforo está en rojo. De repente, uno de los conductores deja de ver el mundo en el que se encuentra: se ha quedado ciego. Pero no se trata de una ceguera normal. En vez de estar sumido en la oscuridad, el personaje sólo puede observar un color blanco lechoso y resplandeciente. A partir de este momento, todo el que tiene contacto con él participa del mismo incidente. Y así, poco a poco, la enfermedad se va extendiendo masivamente.

Ante tan difícil situación, el Gobierno decide que a todos los infectados se los va a encerrar en un manicomio con el fin de que esta ceguera, alarmante y desconocida, no se propague más. Al fin y al cabo, "si el perro muere, se acabó la rabia". Y, aunque los contagiados son vigilados desde fuera por unos soldados y reciben comida tres veces al día, el Estado se desentiende de todo lo que tenga que ver con ellos, debido, sobre todo, al miedo que sienten. No les importa nada de lo que ocurra allí; cómo organizarse, cómo actuar ante casos más o menos graves, las injusticias internas que puedan cometerse, todo eso, queda en manos de los mismos ciegos.

Cuando son pocos, se puede decir que hay algo de orden en el edificio. Pero a medida que va llegando gente y más gente, todo se desmorona: la falta de higiene, la podredumbre, la animalización progresiva de los que se encuentran en el establecimiento, la pérdida de esperanza... van aumentando cada vez más. Sin embargo, dentro de este caos, hay una persona que aún puede ver: la mujer del médico, que ha entrado en el manicomio por voluntad propia para no tener que separarse de su marido. Manteniendo en secreto su capacidad, va ayudando a los que conviven con ella en la medida de sus posibilidades.

Pero llega un momento en el que un grupo reducido de personas se hace con el poder, simplemente por el hecho de poseer una pistola, lo cual infunde el pánico necesario como para que nadie se enfrente a ellos. Se adueñan de toda la comida que va llegando, que no es abundante, y hacen pagar a todo aquél que quiera alimentarse: primero, con bienes materiales; después, con mujeres para violarlas. Y aquí el miedo, la angustia y la desesperación se acentúan más, si es que esto era posible. Se ve una pérdida de las cualidades humanas que conocíamos, la falta de pudor, la eliminación de la privacidad en todos los aspectos. Y, al fin, consiguen salir de ese infierno cuando descubren que ya no hay guardias que los vigilan, pues ellos también se han quedado ciegos.

Ya fuera, se dan cuenta de que, realmente, ese infierno no ha hecho más que empezar. Todos andando sin rumbo buscando comida impacientemente y un lugar donde cobijarse, pues no son capaces de reconocer el camino de vuelta a casa; la ciudad irreconocible debido al gran desorden, cada vez más notable, a la que está sometida; los supermercados y demás tiendas de comestibles son asaltados hasta que se acaban las providencias; el egoísmo individual de todos los que están en ella, ya que sólo se preocupan por llenar su propio estómago; la falta de cualquier sentido vital para los ciegos... La Humanidad está ciega.

Y, súbitamente, se acaba la desgracia. "¡Veo! ¡Veo! ¡Puedo ver!", gritan con euforia todos los que van recuperando la capacidad de visión. Y cuando, al fin, el mundo está curado, la mujer del médico, la única que pudo ver el horror en el que estuvo viviendo, la única que fue capaz de guiar y cuidar al grupo con el que iba, no sólo por tener un sentido más, sino también por su admirable fuerza de voluntad, la única que cargó realmente con la responsabilidad de lo que estaba pasando, se queda ciega. "Ahora me toca a mí", pensó.

Creo que lo que pretende Saramago es darnos una lección sobre cómo somos realmente: por muchas ilusiones que pretendamos hacernos y por muy civilizada que parezca la sociedad, no somos más que simples animales que se guían por el instinto de supervivencia; que en vez de ayudarse mutuamente y organizarse razonablemente, priman la codicia y el egoísmo sobre todo lo demás; que no saben mirar más allá del presente, pues sólo buscan un bienestar puntual y momentáneo; que, por miedo, dejan que los fuertes se aprovechen de los más débiles en vez de intentar cambiar la situación; que no se conocen a sí mismos hasta que no llegan a una situación límite.

Una de las últimas frases del libro es muy simbólica. "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven". No somos conscientes de lo que nos rodea, no queremos darnos cuenta de lo que es evidente, nos desentendemos de todo lo que, en mayor o menor medida, nos afecta. Estamos saturados de información, y hemos llegado al punto de no poder ver nada. Quizá por eso sea blanca, y no negra, la ceguera en la que están sumidos los personajes de la historia.

Ni una vez aparece el nombre de ningún personaje. Simplemente, se los reconoce por alguna de sus características físicas o personales significativas. El primer ciego, su mujer, el médico, su mujer, el viejo de la venda negra, la chica de las gafas oscuras, el niño estrábico, son algunos ejemplos. Nadie se interesa por saber la identidad de los demás. ¿Para qué? Son, tan solo, compañeros de la misma desgracia, y con eso basta y sobra.

No obstante, no todo es de color negro. Desde un primer momento, la chica de las gafas oscuras se comporta con el niño estrábico como si fuera su madre, ya que siente un deseo de protección y compasión hacia él que hace que, muchas veces, se preocupe más por éste que de sus propias necesidades. O esta misma chica, pese a haberse llevado mal, aparentemente, con sus padres en otra época, siente una sincera aflicción cuando, al salir del manicomio, descubre que, muy posiblemente, no los pueda volver a ver nunca más. Y lo más importante es la generosidad con la que la mujer del médico se ocupa de todos aquéllos que están en una situación inferior a ella buscándoles comida, guiándolos para que no se pierdan o, simplemente, lavándolos. Esto nos enseña que los buenos sentimientos existen realmente, y que no son fruto ni de la hipocresía ni de una ilusión.

Hay una escena que me ha llamado la atención, pues me parece bastante representativa: cuando la mujer del médico entra en una iglesia, al final, y ve que todas las figuras de la Virgen, los santos y los ángeles tienen los ojos vendados. Creo que significa que Dios ha muerto, o, de manera más precisa, que Dios está ciego también, por lo que estamos solos en el mundo sin un guía que nos oriente.

También critica los prejuicios a los que estamos sometidos en la vida diaria. La chica de las gafas oscuras, la más guapa de todo el manicomio, aquélla que podría optar por cualquiera, se interesa, por raro que parezca, por el viejo de la venda negra. Seguramente, esto no hubiera ocurrido antes, cuando nadie estaba ciego. Y es cierto. Muchas veces, juzgamos conociendo las cosas muy superficialmente y nos cerramos a probar lo que desconocemos basándonos para ello en simples apariencias.

Pero no entiendo el final. ¿Por qué todos empiezan a ver? Me parece poco creíble en relación a como se había desarrollado la novela hasta ese momento. Es decir, tiene un tono desesperanzado durante todo el tiempo, y, de repente, llega la salvación. Y sólo entonces, la mujer del médico se queda ciega. Si se supone que ella era la única que se había salvado por tener un humanismo del que los demás carecían, ¿por qué le toca ahora el castigo? A lo mejor -pero posiblemente esté equivocada-, significa que ella está a un nivel de percepción distinto al del resto del mundo y, en realidad, nunca podrán intuir la realidad de la misma manera. ¿Y cuál es el procedimiento verdadero? No lo sabemos, pues cuando unos están ciegos, la otra no lo está, y viceversa. O, a lo mejor, el autor quiere expresar que, normalmente, se considera que lo que está bien es lo que hace todo el mundo, y quien piensa o actúa de manera diferente es porque está "ciego". Creemos que, en última instancia, la verdad absoluta la posee la mayoría. Y qué equivocados estamos.

En cuanto al estilo, al principio me extrañó un poco la manera de escribir de Saramago. No utiliza puntos y aparte, y todas las conversaciones van seguidas. Cada vez que alguien nuevo habla, se escribe una mayúscula, y no diferenciamos el estilo directo del indirecto. En mi opinión, esto hace que la lectura sea más fluida, ya que, de este modo, no se pierde el hilo de lo que se está contando. Me gusta además el hecho de que la mujer del médico pueda ver, porque la historia está narrada desde su punto de vista. Si la contáramos desde la visión de un ciego -valga la contradicción-, sería mucho más subjetiva, y, por lo tanto, resultaría más difícil criticar la naturaleza humana, pues para ello hay que adoptar cierta frialdad y distanciamiento.

En general, es una novela que me ha aportado mucho, ya que ha hecho que me haya dado cuenta de muchas cosas. No sólo del mensaje comentado anteriormente, sino también de la suerte que tenemos al vivir como lo hacemos hoy en día. Debemos aprovechar todo lo que tenemos, pues nunca sabemos cuándo aquello que damos por nuestro dejará de pertenecernos.

Y como fallo -que alguno tenía que haber-, apuntar que a veces resulta un poco repetitivo el argumento, ya que los personajes están continuamente lamentándose de su situación, buscando comida y comportándose brutalmente con los que se supone que son sus compañeros. Quizá, el autor haya querido prolongarlo para aumentar la angustia del lector. No lo sé. Pero se puede decir que es un libro que ha merecido la pena.