Hace un par de años -en realidad, algo menos-, mi profesor de Lengua y Literatura del instituto puso como tarea a la clase redactar un texto argumentativo de temática y extensión libre. Yo no me lo pensé dos veces.
Por aquel entonces, estaba muy de moda entre los alumnos una página web que tenía como finalidad principal informar con asiduidad -¡ya lo creo!- a todos los interesados de las vidas ajenas, sin importar en absoluto si lo que se decía era cierto o no, o si sólo lo era en parte. En otras palabras: se trataba de un noble espacio de alcahueteo sin fronteras en el que convergían todas aquellas almas sensibles que se preocupaban e implicaban en los males del prójimo, y en el que se exponían lo más objetivamente posible todos esos problemas con el fin de ayudar siempre que se pudiese. Cuantas más opiniones hubiera al respecto, mejor. Y, encima, ¡era gratis! En efecto: el famoso Tecuento. Y, según tengo entendido, el dichoso asunto tuvo bastante éxito en su momento, ya que numerosos estudiantes procedentes de diversos puntos de la Península estaban bastante al tanto de tan peculiar -y variopinta- asociación.
Cómo me gustaría recuperar, ahora que estoy evocando este asunto, el cuaderno en el que escribí una pequeña redacción -algo así como un folio por las dos caras, siendo mi letra bastante grande y teniendo yo la manía de dejar mucho espacio entre unos renglones y otros- sobre este tema. Recuerdo que, antes de leerlo en clase, se lo dejé a mis padres para que me dieran su opinión. Y, curiosamente, ambos estuvieron de acuerdo con su veredicto: "Elena, esto que has escrito puede llegar a resultar un poco ofensivo; yo que tú, lo suavizaría un poco, ahora que estás a tiempo". Pero a mí no me lo parecía en absoluto, así que no tuve en cuenta lo que me dijeron. En realidad, estaba cabreada con el mundo en general por sus tendencias sumamente indiscretas y morbosas, y yo quería plasmar mi sensación tal cual era, sin tapaderas de ningún tipo.
Según la manera en que lo escribí, parecía que yo era una víctima directa de esa página; que había sido ofendida debido a una serie de epítetos no demasiado aduladores dirigidos a mi persona; que, por culpa de mi más que exagerada sensibilidad, me había afectado en exceso la juiciosa opinión de algún que otro lúcido comentarista. Y, en realidad, ignoraba -y sigo haciéndolo- si ahí alguna vez se llegó a hablar de mí o no. De hecho, sólo entré un par de veces, y en seguida decidí no volver a pisar por aquel sitio, ya que nada de lo que leía me parecía significativo o interesante, por lo que opté por hacer otras cosas que, personalmente, me gustaban y llenaban mucho más. Quién sabe; lo mismo, me pusieron verde a la primera de cambio, o, a lo mejor, no era tan importante como para que apareciera mi nombre en una web de tan alta categoría. Sinceramente: no tengo ni idea. En cualquier caso, ¿qué más da?
Lo que yo sentía al respecto era una especie de repugnancia y aversión hacia tan sonada página, y veía como una solución al problema que se denunciara a la misma y que, por tanto, se eliminara por completo de la faz de la Tierra, como si jamás hubiera existido. Hoy veo las cosas de otra manera y, mientras antes se trataba de un aborrecimiento puro y duro, ahora sólo experimento hacia la web una simple antipatía e, incluso, una fría indiferencia, aunque esto último con ciertos matices. El hecho de que esa página estuviera activa o dejase de estarlo no tenía, en realidad, relevancia alguna, aunque a mí en ese momento me pareciera justamente lo contrario. Desengañémonos y pisemos tierra: desde el principio de los tiempos, siempre ha habido gente cotilla que se preocupa más de la vida de los demás que de la propia, y, concretamente, Tecuento no era el origen de un problema, sino una mera manifestación del mismo.
Como decía, la palabra más ilustrativa para describir mi percepción sobre esta falta de prudencia es antipatía. Me atrevería a tildar como un acto cobarde -y mezquino- el criticar a los demás sin que éstos sepan a ciencia cierta quién es el agente de tan polémicos vituperios, pues en Tecuento la gente se aferra al anonimato como al más valioso seguro de vida, cosa importante en una época tan violenta como la nuestra (¡hay que andarse con ojo!). Me parece poco elegante blasfemar contra todo sin aportar argumento alguno que sostenga, de alguna manera, la opinión propia; de todas formas, poco podemos esperar de aquéllos que gozan emitiendo críticas destructivas a razón de un millón por minuto sólo con la intención de hacer daño y, por tanto, ensalzar el propio orgullo. El poder permanecer de incógnito supone la principal diferencia entre el cotilleo-vía-internet y el morbo-de-tú-a-tú, en el que ya no hay más remedio que arriesgarse a dar la cara para ejercer el duro -¡y mal remunerado!- oficio de la hipocresía.
No obstante, ambos casos representan lo mismo en realidad, y creo que la solución -si es que puede llamarse así- consiste en no dejarse amilanar por las aseveraciones de ese tipo, lo cual no significa que nos creamos unos seres perfectos indignos de todo reproche de cualquier índole, pues eso conlleva que cerremos la mente hacia las críticas constructivas -generalmente, caracterizadas por las buenas intenciones- que puedan aportarnos aquéllos verdaderamente cercanos a nosotros. Pasemos, pues, de todas las afirmaciones dichas con mala uva y abramos nuestros sentidos para mejorarnos a nosotros mismos y ayudar también, en este ámbito, a la gente que realmente nos importa.
viernes, 28 de agosto de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
Ensayo sobre la lucidez
Ojo con esta novela del Premio Nobel portugués considerada, en cierto modo, como una continuación del famoso Ensayo sobre la ceguera. No es de extrañar, por tanto, que encontremos ciertos paralelismos entre ambas en muchos de sus aspectos. Pero ya hablaré de eso más tarde.
De momento, habrá que empezar por el principio. Y, curiosamente, el autor viene suscitando la polémica desde un primer momento. "Mal tiempo para votar". En la historia, estas palabras son pronunciadas de acuerdo a un contexto de lluvias tempestuosas que perturban la asistencia de los ciudadanos a las urnas pertinentes para ejercer su derecho a la libre elección de sus representantes. Pero, si extrapolamos esta manifestación a nuestra vida diaria, nos daremos cuenta de que el escritor se refiere a una realidad más general, y que lo que pretende realmente es mostrar su inconformismo con respecto al sistema político que reina en la gran mayoría de los países desarrollados: la democracia.
En una ciudad cualquiera de un país cualquiera, acaece un fenómeno inexplicable -a la par que alarmante- para la totalidad de los políticos que se encuentran gobernando en ese momento: más de las tres cuartas partes de la población ha decidido votar en blanco. Ante este problema, los líderes de esta singular localidad declaran un estado de sitio caracterizado por tener al enemigo dentro, y no fuera, de las lindes de la ciudad. No obstante, al ver que el plan no funciona, los "peces gordos" deciden ausentarse de la capital para que, en un período de tiempo indefinido, toda esa gente, ante el presentido caos insostenible reinante, confiese su imperdonable inmoralidad al no haber votado a ningún partido político en concreto.
De momento, no voy a decir nada más sobre la historia, pues nunca me ha gustado fastidiar a la gente con spoilers. A mí ya me lo han hecho en alguna que otra ocasión, y puedo asegurar que no es plato de buen gusto. Ahora, simplemente voy a hablar de diferentes aspectos de esta novela que, de una manera u otra, me han llamado la atención.
En primer lugar, vamos a centrarnos en lo más evidente, que es la crítica que hace Saramago a aquéllos situados en los más altos cargos de poder. Parece que se está riendo de ellos todo el tiempo, y ninguno se libra de aparecer "caricaturizado" o ridiculizado de alguna forma. En el libro, el primordial objetivo de los mismos suele consistir en intentar quedar -obsesivamente- por encima de todos los demás personajes "importantes" -digámoslo así-, pues lo que más les llena en el mundo es el reconocimiento de sus "grandes méritos". Se comportan de una manera muy maquiavélica, pues, para ellos, lo verdaderamente importante es el fin, y no los medios empleados para conseguir lo que desean en cada momento.
¿Qué más se critica? El miedo con el actúan a veces los seres humanos ante circunstancias adversas. Es decir, cuando los ministros ven que la mayoría de los ciudadanos han votado en blanco, deciden encerrarlos en la ciudad, evitando toda circulación de personas entre el interior y el exterior. Pero... ¡un momento! Creo que esto me suena de algo. ¿No hicieron lo mismo cuando confinaron en un manicomio a los primeros afectados por aquella misteriosa ceguera blanca? Aquí tenemos una manifiesta semejanza con el Ensayo sobre la ceguera.
Por otro lado, parece que a Saramago le gustan mucho las metáforas referidas a la visión y a la luz, a la ceguera y a la oscuridad. Ya vimos un claro ejemplo con el anterior libro, en el que mediante una alegoría trataba de hacernos ver que estamos ciegos del entendimiento, comparando los ojos de sus personajes con nuestra cocotera. Ahora tenemos la otra cara de la moneda, y, aunque los gobernantes sigan sin ver esa luz debido, sobre todo, a la corrupción que de ellos ha hecho el poder, los ciudadanos, al recuperar la visión tras haberse dado cuenta, en circunstancias límite, de lo que es verdaderamente importante y de lo que no, deciden manifestar que no están de acuerdo con las condiciones que acompañan a la democracia.
Fruto de estas distintas perspectivas es la diferencia de significados que otorga cada uno de los dos grupos a la realidad. Tras las dichosas elecciones, los ministros creen que los votos en blanco son la consecuencia de la demagogia de un conjunto de anarquistas o de extremistas radicales que buscan desestabilizar el poder, por lo que pretenden iniciar una revolución que se extienda nacional e internacionalmente. Y, como es de suponer, nada más lejos de la realidad. "Si votaron como votaron era porque estaban desilusionados y no encontraban otra manera de expresar de una vez por todas hasta dónde llegaba la desilusión, que podrían haber hecho una revolución, pero seguramente moriría mucha gente, y no querían eso".
En un momento dado de la historia, los poderosos políticos colocan una bomba en el metro de la ciudad al ver que el anhelado desorden interno tarda mucho en llegar, pues, en contra de sus expectativas, parece que los ciudadanos se organizan bastante bien, pese, claro está, a los problemas inevitables a los que tienen que hacer frente. Así que, tratando de acelerar las cosas en su propio beneficio, acusan a los votantes en blanco de tan aterradora acción alegando que es un medio para iniciar la revolución de la que antes hablábamos. Aquí, Saramago nos advierte de un mal del que no somos conscientes en su totalidad, pero que, inevitablemente, nos afecta a todos los que vivimos en este mundo tan hipócrita. Y es la manipulación de los hechos. Solamente sale a la luz aquello que les conviene a nuestros "titiriteros", y nosotros, sus manejables marionetas, no podemos hacer nada para evitarlo.
Esto me recuerda a una teoría que afirma que, en realidad, las Torres Gemelas no fueron derribadas por Bin Laden y por sus secuaces, sino por el mismísimo George W. Bush. Pero, ¿con qué finalidad? Muy sencillo. Mediante unos estudiados y eficaces métodos para manipular e impresionar a la sociedad, se trata de sembrar el miedo y el odio hacia algo externo -en este caso, hacia el terrorismo musulmán- para que, de esta forma, la gente vea a Bush como a su salvador y como al principal combatiente en la lucha contra los implacables terroristas. En realidad, de esto también se habla en 1984, donde Oceanía en su totalidad siente una verdadera repulsión ante Goldstein, un personaje imaginario que simboliza la insurrección contra el régimen, y donde se admira y venera al Gran Hermano de una manera hasta apasionada. De todas formas, ésta es tan solo una teoría más de las muchas que circulan sobre el tema, pues nunca llegaremos a saber a ciencia cierta qué ocurrió el 11 de septiembre de 2001, al igual que tampoco conoceremos la verdad sobre otros muchos hechos históricos importantes. Con respecto a este tema, es interesante un ensayo que el mismo Orwell escribió sobre la libertad de prensa, y que, además, sirve de introducción para su famosa obra Rebelión en la granja. Por otra parte, por si a alguien le interesa, el documental en el que se habla sobre lo anteriormente comentado se llama Zeitgeist, y se puede encontrar fácilmente en youtube.
Volviendo al tema principal, quiero terminar diciendo que me parece muy acertada la proposición que nos hace Saramago de votar en blanco en el caso de que no nos identifiquemos con ninguna de las propuestas políticas que se nos ofrecen. Actualmente, la democracia no tiene muy en cuenta los verdaderos intereses del pueblo, y, en cierto modo, a mí me parece que no tenemos otra opción que elegir a nuestros propios "dictadores", pues, cuando los elegidos acceden a los puestos de decisión, quedan embelesados por la fascinación que el poder ejerce inevitablemente sobre la gran mayoría de los seres humanos. Si se otorgaran escaños a los votos en blanco -representados como asientos vacíos en los congresos de los diputados-, al menos, los partidos políticos tendrían que esmerarse algo más en las posibles propuestas que pudieran ofrecer a los ciudadanos, y no perderían tanto tiempo en criticar a los representantes de ideologías contrarias como si fueran niños pequeños.
De momento, habrá que empezar por el principio. Y, curiosamente, el autor viene suscitando la polémica desde un primer momento. "Mal tiempo para votar". En la historia, estas palabras son pronunciadas de acuerdo a un contexto de lluvias tempestuosas que perturban la asistencia de los ciudadanos a las urnas pertinentes para ejercer su derecho a la libre elección de sus representantes. Pero, si extrapolamos esta manifestación a nuestra vida diaria, nos daremos cuenta de que el escritor se refiere a una realidad más general, y que lo que pretende realmente es mostrar su inconformismo con respecto al sistema político que reina en la gran mayoría de los países desarrollados: la democracia.
En una ciudad cualquiera de un país cualquiera, acaece un fenómeno inexplicable -a la par que alarmante- para la totalidad de los políticos que se encuentran gobernando en ese momento: más de las tres cuartas partes de la población ha decidido votar en blanco. Ante este problema, los líderes de esta singular localidad declaran un estado de sitio caracterizado por tener al enemigo dentro, y no fuera, de las lindes de la ciudad. No obstante, al ver que el plan no funciona, los "peces gordos" deciden ausentarse de la capital para que, en un período de tiempo indefinido, toda esa gente, ante el presentido caos insostenible reinante, confiese su imperdonable inmoralidad al no haber votado a ningún partido político en concreto.
De momento, no voy a decir nada más sobre la historia, pues nunca me ha gustado fastidiar a la gente con spoilers. A mí ya me lo han hecho en alguna que otra ocasión, y puedo asegurar que no es plato de buen gusto. Ahora, simplemente voy a hablar de diferentes aspectos de esta novela que, de una manera u otra, me han llamado la atención.
En primer lugar, vamos a centrarnos en lo más evidente, que es la crítica que hace Saramago a aquéllos situados en los más altos cargos de poder. Parece que se está riendo de ellos todo el tiempo, y ninguno se libra de aparecer "caricaturizado" o ridiculizado de alguna forma. En el libro, el primordial objetivo de los mismos suele consistir en intentar quedar -obsesivamente- por encima de todos los demás personajes "importantes" -digámoslo así-, pues lo que más les llena en el mundo es el reconocimiento de sus "grandes méritos". Se comportan de una manera muy maquiavélica, pues, para ellos, lo verdaderamente importante es el fin, y no los medios empleados para conseguir lo que desean en cada momento.
¿Qué más se critica? El miedo con el actúan a veces los seres humanos ante circunstancias adversas. Es decir, cuando los ministros ven que la mayoría de los ciudadanos han votado en blanco, deciden encerrarlos en la ciudad, evitando toda circulación de personas entre el interior y el exterior. Pero... ¡un momento! Creo que esto me suena de algo. ¿No hicieron lo mismo cuando confinaron en un manicomio a los primeros afectados por aquella misteriosa ceguera blanca? Aquí tenemos una manifiesta semejanza con el Ensayo sobre la ceguera.
Por otro lado, parece que a Saramago le gustan mucho las metáforas referidas a la visión y a la luz, a la ceguera y a la oscuridad. Ya vimos un claro ejemplo con el anterior libro, en el que mediante una alegoría trataba de hacernos ver que estamos ciegos del entendimiento, comparando los ojos de sus personajes con nuestra cocotera. Ahora tenemos la otra cara de la moneda, y, aunque los gobernantes sigan sin ver esa luz debido, sobre todo, a la corrupción que de ellos ha hecho el poder, los ciudadanos, al recuperar la visión tras haberse dado cuenta, en circunstancias límite, de lo que es verdaderamente importante y de lo que no, deciden manifestar que no están de acuerdo con las condiciones que acompañan a la democracia.
Fruto de estas distintas perspectivas es la diferencia de significados que otorga cada uno de los dos grupos a la realidad. Tras las dichosas elecciones, los ministros creen que los votos en blanco son la consecuencia de la demagogia de un conjunto de anarquistas o de extremistas radicales que buscan desestabilizar el poder, por lo que pretenden iniciar una revolución que se extienda nacional e internacionalmente. Y, como es de suponer, nada más lejos de la realidad. "Si votaron como votaron era porque estaban desilusionados y no encontraban otra manera de expresar de una vez por todas hasta dónde llegaba la desilusión, que podrían haber hecho una revolución, pero seguramente moriría mucha gente, y no querían eso".
En un momento dado de la historia, los poderosos políticos colocan una bomba en el metro de la ciudad al ver que el anhelado desorden interno tarda mucho en llegar, pues, en contra de sus expectativas, parece que los ciudadanos se organizan bastante bien, pese, claro está, a los problemas inevitables a los que tienen que hacer frente. Así que, tratando de acelerar las cosas en su propio beneficio, acusan a los votantes en blanco de tan aterradora acción alegando que es un medio para iniciar la revolución de la que antes hablábamos. Aquí, Saramago nos advierte de un mal del que no somos conscientes en su totalidad, pero que, inevitablemente, nos afecta a todos los que vivimos en este mundo tan hipócrita. Y es la manipulación de los hechos. Solamente sale a la luz aquello que les conviene a nuestros "titiriteros", y nosotros, sus manejables marionetas, no podemos hacer nada para evitarlo.
Esto me recuerda a una teoría que afirma que, en realidad, las Torres Gemelas no fueron derribadas por Bin Laden y por sus secuaces, sino por el mismísimo George W. Bush. Pero, ¿con qué finalidad? Muy sencillo. Mediante unos estudiados y eficaces métodos para manipular e impresionar a la sociedad, se trata de sembrar el miedo y el odio hacia algo externo -en este caso, hacia el terrorismo musulmán- para que, de esta forma, la gente vea a Bush como a su salvador y como al principal combatiente en la lucha contra los implacables terroristas. En realidad, de esto también se habla en 1984, donde Oceanía en su totalidad siente una verdadera repulsión ante Goldstein, un personaje imaginario que simboliza la insurrección contra el régimen, y donde se admira y venera al Gran Hermano de una manera hasta apasionada. De todas formas, ésta es tan solo una teoría más de las muchas que circulan sobre el tema, pues nunca llegaremos a saber a ciencia cierta qué ocurrió el 11 de septiembre de 2001, al igual que tampoco conoceremos la verdad sobre otros muchos hechos históricos importantes. Con respecto a este tema, es interesante un ensayo que el mismo Orwell escribió sobre la libertad de prensa, y que, además, sirve de introducción para su famosa obra Rebelión en la granja. Por otra parte, por si a alguien le interesa, el documental en el que se habla sobre lo anteriormente comentado se llama Zeitgeist, y se puede encontrar fácilmente en youtube.
Volviendo al tema principal, quiero terminar diciendo que me parece muy acertada la proposición que nos hace Saramago de votar en blanco en el caso de que no nos identifiquemos con ninguna de las propuestas políticas que se nos ofrecen. Actualmente, la democracia no tiene muy en cuenta los verdaderos intereses del pueblo, y, en cierto modo, a mí me parece que no tenemos otra opción que elegir a nuestros propios "dictadores", pues, cuando los elegidos acceden a los puestos de decisión, quedan embelesados por la fascinación que el poder ejerce inevitablemente sobre la gran mayoría de los seres humanos. Si se otorgaran escaños a los votos en blanco -representados como asientos vacíos en los congresos de los diputados-, al menos, los partidos políticos tendrían que esmerarse algo más en las posibles propuestas que pudieran ofrecer a los ciudadanos, y no perderían tanto tiempo en criticar a los representantes de ideologías contrarias como si fueran niños pequeños.
martes, 18 de agosto de 2009
Un mundo feliz
Nos hallamos en el año 632 d.F ("después de Ford"). Pretendiendo representar nuestro futuro más inmediato, Aldous Huxley nos habla irónicamente de una sociedad perfecta, utópica, en la que nadie es infeliz, pues todos sus habitantes están fervientemente convencidos y orgullosos de lo que hacen, tanto en el ámbito laboral como en el lucrativo y social. Como es de suponer, el progreso científico-tecnológico goza de un auge cada vez mayor, así que las necesidades de la mayoría de los individuos están mucho más que cubiertas. Pero, ¿a qué precio?
En primer lugar, los niños no nacen en el seno de su madre, sino que, artificialmente, son incubados en unas inmensas salas de fecundación. Desde el principio, son divididos en distintas castas (Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon), siendo todos los pertenecientes a un mismo grupo iguales entre sí, tanto somática como psíquicamente. Se los condiciona de numerosas maneras para que su intelecto se desarrolle más o menos, dependiendo de la función futura que vayan a tener en la sociedad, de tal forma que los "alfas" ejercitarán aquellas tareas que requieran un mayor esfuerzo intelectual, mientras que los cometidos de los "epsilones" serán más físicos y materiales. Así que, en este mundo, todo individuo está predestinado desde el mismo momento de su nacimiento.
La hipnopedia juega un papel harto importante en esta organización. Noche tras noche, todos escuchan bajo su almohada frases alentadoras que hacen que queden, de una manera paulatina, convencidos de que son totalmente afortunados de pertenecer a su propia casta, y que serían unos desgraciados si formaran parte de cualquier otra. También se trata de inculcar una moral de conformismo y respeto hacia el gobierno con el fin de que no haya discrepancia alguna en un futuro próximo o lejano. Es importante no utilizar este procedimiento como un medio para ampliar los conocimientos de las personas, ya que, aparte de que no conviene que aprendan a pensar por sí mismas, el cerebro humano no está preparado para una actividad así en un estado de semi-inconsciencia.
Como en 1984, se eliminan conceptos tales como la amistad o el amor al prójimo. Todo el mundo puede practicar juegos sexuales desde la más tierna infancia (supongo que para evitar eso de lo que tanto Freud hablaba: que se reprimieran y, por tanto, vivieran frustrados). Eso siempre y cuando, claro está, no haya sentimientos de por medio. De este modo, no existe organización familiar alguna. Como he mencionado antes, la natalidad está completa y estrictamente controlada, así que nace exactamente el mismo número de personas que el estado cree oportuno en cada momento. Así, se evita que haya una desproporción entre población y recursos materiales, tema que, por cierto, a Huxley le preocupaba considerablemente cuando escribió el libro. Pensaba que un crecimiento tan rápido de la población sólo podía desembocar en dos cosas: o en una anarquía total y absoluta o en un totalitarismo caracterizado por un exceso de organización en el que los ricos aumenten cada vez más sus riquezas y los pobres tengan en sus manos cada vez menos (tengamos en cuenta que Un mundo feliz fue escrita en 1932).
Y si alguien se siente insatisfecho en algún momento con su vida o con el mundo, ¡no hay problema! El Soma es la solución. Se trata de una especie de droga que produce un placer y un bienestar muy intensos, y que consigue que desaparezcan todas las malas sensaciones en un instante. En realidad, es "el opio del pueblo". Es una sutil -pero, no por ello, poco eficaz- manera de callar a la gente. Sin embargo, si la cosa es más grave, se envía a todo aquel que no esté contento en la sociedad a una isla en la que ya sí pueda alcanzar la felicidad, pues allí se reunirá con los que son iguales a él en este aspecto. Además, así no se rompe la armonía de la que participa el resto del sistema.
Huxley también hablaba del arte de saber vender. Muy convencido, afirmaba que, para que un anuncio pueda convencer (y manipular) al mayor número posible de personas, ha de apelar, sobre todo, a los sentimientos y pasiones propias del ser humano más que a la misma razón. Lo más importante de los cosméticos de belleza, por ejemplo, no son los productos químicos que los forman, sino el simbolismo que tienen: la esperanza de mejorar el propio aspecto con el fin de resultar más atractivos al sexo opuesto (cosa que, por otra parte, me parece ridícula). Los coches se venden por el indudable prestigio que otorgan a sus dueños, y no por la comodidad, seguridad o calidad específica que tengan. ¿Es cierto o no?
En cierto modo, se podría decir que es un libro bastante parecido al 1984 de Orwell, ya que ambos describen el tipo de sociedad a la que podemos llegar como no se tome consciencia de la situación y se haga algo para evitarlo. Los dos describen la manipulación extrema a la que estamos diariamente sometidos, así como la suspicaz hipocresía que caracteriza a aquéllos que gobiernan. Pero, mientras 1984 se basa en la adquisición del poder utilizando como medios el miedo, el fanatismo (en este caso, hacia el Gran Hermano) y el castigo -posiblemente, tomando para ello el modelo del stalinismo, tal y como hizo en Rebelión en la granja-, Un mundo feliz emplea como premios para sus habitantes la comodidad, el progreso tecnológico y el bienestar, de tal forma que las personas se han convertido en unas esclavas de la ciencia, y no al revés, que es como debería ser. Si la gente está a gusto, no querrá cambiar, de ningún modo, la situación en la que se encuentra, así que no adoptarán una postura crítica hacia el mundo que los rodea.
Ahora bien, ¿cuál de estos dos libros se asemeja más a la realidad? Parece que, en el mundo occidental, Huxley ha tenido más aciertos que Orwell con sus vaticinios. Pero a mí me gustó y me impactó mucho más 1984 que Un mundo feliz.
En primer lugar, los niños no nacen en el seno de su madre, sino que, artificialmente, son incubados en unas inmensas salas de fecundación. Desde el principio, son divididos en distintas castas (Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon), siendo todos los pertenecientes a un mismo grupo iguales entre sí, tanto somática como psíquicamente. Se los condiciona de numerosas maneras para que su intelecto se desarrolle más o menos, dependiendo de la función futura que vayan a tener en la sociedad, de tal forma que los "alfas" ejercitarán aquellas tareas que requieran un mayor esfuerzo intelectual, mientras que los cometidos de los "epsilones" serán más físicos y materiales. Así que, en este mundo, todo individuo está predestinado desde el mismo momento de su nacimiento.
La hipnopedia juega un papel harto importante en esta organización. Noche tras noche, todos escuchan bajo su almohada frases alentadoras que hacen que queden, de una manera paulatina, convencidos de que son totalmente afortunados de pertenecer a su propia casta, y que serían unos desgraciados si formaran parte de cualquier otra. También se trata de inculcar una moral de conformismo y respeto hacia el gobierno con el fin de que no haya discrepancia alguna en un futuro próximo o lejano. Es importante no utilizar este procedimiento como un medio para ampliar los conocimientos de las personas, ya que, aparte de que no conviene que aprendan a pensar por sí mismas, el cerebro humano no está preparado para una actividad así en un estado de semi-inconsciencia.
Como en 1984, se eliminan conceptos tales como la amistad o el amor al prójimo. Todo el mundo puede practicar juegos sexuales desde la más tierna infancia (supongo que para evitar eso de lo que tanto Freud hablaba: que se reprimieran y, por tanto, vivieran frustrados). Eso siempre y cuando, claro está, no haya sentimientos de por medio. De este modo, no existe organización familiar alguna. Como he mencionado antes, la natalidad está completa y estrictamente controlada, así que nace exactamente el mismo número de personas que el estado cree oportuno en cada momento. Así, se evita que haya una desproporción entre población y recursos materiales, tema que, por cierto, a Huxley le preocupaba considerablemente cuando escribió el libro. Pensaba que un crecimiento tan rápido de la población sólo podía desembocar en dos cosas: o en una anarquía total y absoluta o en un totalitarismo caracterizado por un exceso de organización en el que los ricos aumenten cada vez más sus riquezas y los pobres tengan en sus manos cada vez menos (tengamos en cuenta que Un mundo feliz fue escrita en 1932).
Y si alguien se siente insatisfecho en algún momento con su vida o con el mundo, ¡no hay problema! El Soma es la solución. Se trata de una especie de droga que produce un placer y un bienestar muy intensos, y que consigue que desaparezcan todas las malas sensaciones en un instante. En realidad, es "el opio del pueblo". Es una sutil -pero, no por ello, poco eficaz- manera de callar a la gente. Sin embargo, si la cosa es más grave, se envía a todo aquel que no esté contento en la sociedad a una isla en la que ya sí pueda alcanzar la felicidad, pues allí se reunirá con los que son iguales a él en este aspecto. Además, así no se rompe la armonía de la que participa el resto del sistema.
Huxley también hablaba del arte de saber vender. Muy convencido, afirmaba que, para que un anuncio pueda convencer (y manipular) al mayor número posible de personas, ha de apelar, sobre todo, a los sentimientos y pasiones propias del ser humano más que a la misma razón. Lo más importante de los cosméticos de belleza, por ejemplo, no son los productos químicos que los forman, sino el simbolismo que tienen: la esperanza de mejorar el propio aspecto con el fin de resultar más atractivos al sexo opuesto (cosa que, por otra parte, me parece ridícula). Los coches se venden por el indudable prestigio que otorgan a sus dueños, y no por la comodidad, seguridad o calidad específica que tengan. ¿Es cierto o no?
En cierto modo, se podría decir que es un libro bastante parecido al 1984 de Orwell, ya que ambos describen el tipo de sociedad a la que podemos llegar como no se tome consciencia de la situación y se haga algo para evitarlo. Los dos describen la manipulación extrema a la que estamos diariamente sometidos, así como la suspicaz hipocresía que caracteriza a aquéllos que gobiernan. Pero, mientras 1984 se basa en la adquisición del poder utilizando como medios el miedo, el fanatismo (en este caso, hacia el Gran Hermano) y el castigo -posiblemente, tomando para ello el modelo del stalinismo, tal y como hizo en Rebelión en la granja-, Un mundo feliz emplea como premios para sus habitantes la comodidad, el progreso tecnológico y el bienestar, de tal forma que las personas se han convertido en unas esclavas de la ciencia, y no al revés, que es como debería ser. Si la gente está a gusto, no querrá cambiar, de ningún modo, la situación en la que se encuentra, así que no adoptarán una postura crítica hacia el mundo que los rodea.
Ahora bien, ¿cuál de estos dos libros se asemeja más a la realidad? Parece que, en el mundo occidental, Huxley ha tenido más aciertos que Orwell con sus vaticinios. Pero a mí me gustó y me impactó mucho más 1984 que Un mundo feliz.
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